¡Oh, Jesús mío, Abismo Insondable de Misericordia!, Os ruego, en memoria de Vuestras Heridas, las cuales penetraron hasta la Médula de Vuestros Huesos y hasta lo más profundo de Vuestro Ser, ¡que me apartéis para siempre del pecado!, ¡que no Os ofenda más! Reconozco con bochorno que soy un miserable pecador y que Os he ofendido ¡tantas veces! que temo que Vuestra Divina Justicia me condene.
No obstante, acudo presuroso a Vuestra Misericordia Infinita para que me escondáis urgentemente en Vuestras Preciosas Llagas. Y así, ocultado de Vuestro indignado Rostro, pueda Vuestro Amante Corazón una vez más lavar mis culpas con Vuestra Sangre Liberadora. De esa forma, Redentor nuestro, Vuestro Enojo e Indignación cesarán de inmediato. ¡Gracias, Señor!
Así sea.
(Padre Nuestro, Ave María y
Gloria)