¡Oh, Divino Mártir de Amor!, ¡oh, Médico Celestial!, que Os dejasteis suspender en la Cruz para que por Vuestras Heridas, las nuestras fueran curadas. Recordad cada una de aquellas Heridas y la tremenda debilidad de Vuestros Miembros, que fueron distendidos hasta tal punto que jamás ha habido dolor semejante al Vuestro. Desde la Cabeza a los Pies erais todo Llaga, todo Dolor, todo Sufrimiento; erais una masa rota y sanguinolenta. Y aun así llegasteis, para sorpresa de Vuestros verdugos, a suplicar a Vuestro Padre Eterno, Perdón para ellos diciéndoLe: ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!
¡Oh, Cristo Bendito!, en memoria de esta gran Misericordia que tuvisteis-ya que muy bien pudisteis lanzar a todo aquel mundo malvado a los abismos infernales con un solo Acto de Vuestra Poderosa Voluntad-, por aquella tan grande Misericordia que superó a Vuestra Divina Justicia, concededme una contrición perfecta y la remisión total de mis pecados, desde el primero hasta el último, y que jamás vuelva a ofenderOs.
Así sea.
(Padre Nuestro, Ave María y
Gloria)