¡Oh, Dulce Jesús!, herid mi corazón a fin de que mis lágrimas de amor y penitencia me sirvan de pan, día y noche. Convertidme enteramente, ¡oh, mi Señor!, a Vos. Haced que mi corazón sea Vuestra Habitación Perpetua y que mi conversación Os sea agradable. Que el fin de mi vida Os sea de tal suerte loable que, después de mi muerte, pueda merecer Vuestro Paraíso y alabarOs para siempre en el Cielo con todos Vuestros Santos.
Amén.
Sea por siempre bendito y alabado Jesús, que con Su Sangre nos redimió.
(Tres veces)