¡Oh, Dulce Consuelo de mi alma, Maravilloso Liberador, Rey Inmortal e Invencible!, recordad cuando, inclinando Vuestra Adorable Cabeza, toda desfigurada por los golpes, la Sangre y el polvo del camino, exclamasteis: "Todo está consumado"... Toda Vuestra Fuerza, mental y física, se agotó completamente.
Por este Gran Sacrificio y por las Angustias y Tormentos que padecisteis antes de morir, Os ruego, ¡oh, Buen Jesús!, que tengáis Misericordia de mí en la Hora de mi muerte, cuando mi mente esté tremendamente perturbada y mi alma sumergida en inquietudes y angustias. Que no tema nada, que Os tenga a Vos a mi lado y dentro de mi ser.
Así sea.
(Padre Nuestro, Ave María y
Gloria)